Segunda temporada de Downton Abbey

Aviso de spoilers, de muchos muchos spoilers.

Hace tres domingos el canal británico ITV terminó de dar la segunda temporada de la gran serie “Downton Abbey” de cuyo primer episodio ya hablé tras ver el estreno de la nueva entrega. En realidad, queda un episodio por emitir, el especial de Navidad que llegará el mes que viene a las pantallas británicas, concretamente el mismo día 25 de diciembre.

Tras el éxito de los siete episodios de la primera entrega y los seis premios Emmy que se llevó, incluyendo el de Mejor Miniserie, las expectativas que había sobre la segunda temporada eran muy altas y para mí las ha cumplido con creces, no así para muchos criticos británicos que la han puesto a parir tachándola de culebrón o para otros blogueros a los que he leído. ¿Acaso no era un culebrón en la primera temporada? ¿Acaso cuando hay amor de por medio una serie ya se vuelve culebronesca muchas veces?

En estos ocho nuevos episodios pasan los años rápidamente. Nos introducen en las trincheras donde están Matthew (Dan Stevens) y Thomas (Rob James-Collier) y donde también va William (Thomas Howes) como ayudante de Matthew al que consigue salvar la vida aunque le cueste la suya. Y es que esta segunda entrega de la serie ha sido más lacrimógena con la muerte de uno de los lacayos de los Crawley que mejor caían. Las dudas de la joven Daisy (Sophie McShera) respecto a la voluntad de William de ser su chica y después su mujer fueron uno de los puntos fuertes en la historia de los sirvientes.

La guerra hizo cambios significativos en “Downton Abbey” no solo por la aparición de las trincheras en algunos episodios como comentaba sino por la transformación de la lujosa residencia Crawley en un hospital de campaña para oficiales. Eso posibilitó también que, a excepción de Mary (Michelle Dockery), tanto Edith (Laura Carmichael) como Sybil (Jessica Brown Findlay) trabajasen ayudando a los heridos. Edith hasta se convirtió en chófer y besó a una persona de clase social baja de la que parecía estar enamorándose, algo impensable en esa época, para después ayudar en la casa con la correspondencia y la lectura; mientras que Sybil no dudó por un instante en convertirse en enfermera.

Mientras el conde de Grantham, Robert Crawley (Hugh Bonneville) se quejaba de que no podía ir a combatir por su país, su mujer Cora (Elizabeth McGovern) disputó el control de su casa-hospital con la madre de Matthew, Isobel (Penelope Wilton), mientras que la condesa de Grantham, Violet (Maggie Smith), se dedicaba a emitir sus quejas también, a soltar ironías y a apoyar a sus nietas y a su nuera.

La segunda entrega de la serie nos ha presentado también a una Sarah O’Brien (Siobhan Finneran) menos agria y más comprensiva, y otros personajes como la señora Hughes (Phyllis Logan), el señor Carson (Jim Carter) o la señora Patmore (Lesley Nicol) han seguido en su línea.

Pero hemos conocido nuevos personajes como Lavinia Swire (Zoe Boyle), la prometida de Matthew; Sir Richard Carlisle (Iain Glenn), el pretendiente de Mary; o las criadas Ethel (Amy Nuttall) y Jane (Clare Calbraith).

La frágil Lavinia ha sido un escollo para que Mary y Matthew estén juntos aunque cuando Matthew se quedó paralítico tras volver de la guerra no dudó en marcharse cuándo él se lo dijo para después volver cuando un personaje que este año me ha caído gordo, Cora, la llamó. Durante el tiempo que no estuvo, Mary se encargó de Matthew.

Ethel se quedó embarazada de un oficial y la señora Hughes la despidió, ayudándola después porque el oficial no quería saber nada de su hijo. Y, Jane… Al ser una viuda de la guerra la contrataron cuando Ethel fue despedida y tuvo un escarceo amoroso con Lord Grantham. Esto se ha criticado también pero aunque no pareciera el estilo del señor Crawley engañar a su mujer, lo cierto es que la única excusa que se encuentra para sus actos, que tampoco llegarón más allá que unos cuantos besos, lo solo que se encontraba con sus hijas cada vez más independientes y sumujer atareada.

Las secuelas de la guerra hicieron que Matthew pensara que era menos hombre por no poder darle hijos a Lavinia, el shock post traumático de un sirviente al que la batalla dejó que tocado y que tenía miedo de que le destinaran de nuevo, o el miedo de Thomas, lo que le llevó a autolesionarse. Nadie supo que era un cobarde pero sí el karma que le atizó pero bien.

Y… algo pasa con Mary. La fría exteriormente pero frágil en su interior Mary, la que tiene un escudo que le permite no mostrar sentimiento alguno normalmente si lo puede evitar, la que está enamorada hasta las trancas de Matthew en lo que e un amor correspondido pero maldito como él le dice. La que se ha buscado un pretendiente al que es más que probable que le cueste quitarse de encima y la que no puede evitar hacer comentarios despectivos sobre personas que la quieren y que le importan cuando creen que no están delante simplemente por el hecho de que la hayan desilusionado. Lady Mary, en el fondo un pedazo de pan que no duda en dejarle una habitación a lo más parecido a una amiga que tiene, Ana (Joanne Froggatt), para que pase su noche de bodas.

Y es que el amor, ese sentimiento que me ha llevado a llamar a la serie “Lovetown Abbey” ha estado muy presente en los ocho episodios. No solo por parte de la historia de Matthew y Mary (los pelos se me pusieron como escarpias cuando después de estar desaparecido regresa a Downton y Mary le ve mientras canta dándole un vuelco el corazón), sino por la de Anna y el señor Bates (Brendan Coyle) que al final se casan, tienen su noche de bodas (en una escena de cama bastante cutre, por cierto) y ella ve cómo se lo llevan detenido porque la sombra de su ex es muy alargada.

Que Fellowes corre mucho, dicen, pero yo le perdono las elipsis por todos los buenos capítulos que a mi parecer está brindando de esta fantástica y culebronesca historia. De nuevo, buenos guiones y muy buenas actuaciones. Espero con ganas el especial de Navidad y, por supesto, la tercera entrega de esta serie cuyo creador pretende llevar hasta la Segunda Guerra Mundial.

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